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PRÓLOGO

Cuando a comienzos del año 2016 terminé de escribir TIERRA DE RAMBLAS, lo hice con un párrafo que leído ahora me parece premonitorio:
“El verano siguiente sería el último “rural”. El de los últimos baños en las balsas, domingos por la tarde en Santopétar, días de alcaparras, y noches de charla al fresco, contemplando las estrellas en la oscuridad. Por delante tenía, aunque aún yo no lo supiera, una nueva vida, ni mejor ni peor, simplemente diferente, eso sí, muy deseada, quizá demasiado, en la que me abriría al mundo y a la modernidad, no sin sufrimiento, pero también con muchos gozos y oportunidades. Lo intuyera o no, era el final de una época… y el comienzo de otra nueva”.

No tengo claro que en mi ánimo estuviese continuar con esta singular “autobiografía”, solo trataba de comunicar al lector que el tiempo relatado había terminado, también para mí, y que lo que vino después ya pertenecía a otra categoría temporal e incluso, permítaseme la expresión, histórica.

(…) (Extracto)

Con un enfoque menos antropológico y más sociológico, en el sentido de profundizar en la realidad social, política y cultural de los últimos años 70 y primeros 80, del siglo pasado, en nuestro país, o al menos, si esta pretensión resulta excesiva, de mi entorno. Una década en la que España vivió lo que se conoce como un “acelerón histórico”, es decir, que no hubo año, o incluso mes, en el que no ocurriera algo que mereciera pasar a los libros de historia. (…) (Extracto)

Capítulo 1. DESTINO, HUÉRCAL

En septiembre de 1976 veía, por fin, realizado el mayor deseo de mi infancia, vivir en Huércal. Allí podría relacionarme, es decir, jugar con otros niños, sin las limitaciones propias de la vida en una cortijada, en la que no había ni uno sólo de mi edad, sin tener que involucrarme en las tareas del campo, monótonas y aburridas para un niño, más aún para un adolescente; ir al cine, a los salones de máquinas recreativas; jugar al fútbol por las tardes, después de clase; comprar cosas en las tiendas; salir hacia el colegio a las nueve menos cuarto de la mañana, no a las seis y media de la madrugada; estudiar a la luz
del flexo, incluso de noche, no a la tenue del quinqué; ver la tele todo lo que quisiera, sin presentarme en casa de los vecinos, o de problemas de batería…; y tantas, tantas otras cosas ventajosas.
Pero echemos, en primer lugar, un vistazo al pasado.
(…) (Extracto)

Un poco de sociología
Pero, antes de continuar con el precario hilo cronológico de nuestro relato, hagamos una parada para analizar, siquiera sea someramente, la sociedad huercalense de aquella época. En la década de los 70, lo primero que sorprendía, en relación con otros pueblos del entorno, al llegar a Huércal, era la práctica ausencia en el núcleo
urbano de familias que se dedicasen a la agricultura o la ganadería. No se veían rebaños de ganado por sus calles, ni siquiera en las más alejadas del centro. Tampoco transitaban sus vías tractores o maquinaria agrícola. Un pueblo sin agricultores ni ganaderos. Sin embargo, históricamente Huércal-Overa había nacido y crecido al calor de la agricultura y la ganadería. Desde tiempos inmemoriales, todos los lunes se celebraba un importante mercado ganadero, particularmente de cabras
y ovejas. En el Campo de Huércal, con sus pedanías, cortijadas y cortijos, la actividad agrícola seguía siendo la forma de vida principal. Zonas como Overa con sus naranjales, El Saltador con sus frutales, o Santa María de Nieva con granjas de porcino, configuraban la base productiva del municipio.
(…) (Extracto)

Capítulo 4: BUP Y COU EN EL INSTITUTO “CURA VALERA”

(…) Recordando precisamente a mis profesores del Instituto, empezaremos por Don Ramón, al que llamábamos “el Cleta”, apodo conocido y tolerado por él mismo. Nos daba Lengua Española, en primero. Era un joven almeriense capitalino, enjuto, de rostro pálido, barba negra prominente, mirada dulce, gafas de pasta, afable tirando a cariñoso, y volcado con sus alumnos, con el saber, y con su profesión. Decían que era del Partido Comunista de España, recién legalizado, no nos mostró nunca el carnet, ni hizo mención alguna al respecto, pero sí que nos hablaba mucho de la “justicia social” y de las “clases sociales”.

(…) Don Enrique, al que los alumnos nos referíamos indistintamente por su nombre de pila o por el apelativo de “el perchas”, era un hombre alto, delgado, de complexión fuerte, bastante desgarbado, mandíbula prominente, tupé “a lo Hermida” y de mirada distraída. Su principal herramienta de trabajo era la tiza. Frente a la pizarra iba desarrollando sus lecciones magistrales y anotando en ella con energía contundente los conceptos que él consideraba fundamentales del tema de estudio. También era la tiza su “arma de combate” principal frente a la distracción y cuchicheos de los despreocupados alumnos, que no dudaba en lanzar contra alguno de nosotros, cual rayo fulminante, cuando su paciencia y nuestro comportamiento superaban lo aceptable. (…) (Extracto). In memoriam.

Alumnos

Capítulo 5. Vida fuera del Instituto

Costa Fleming

(…) Algún autóctono, de mente inquieta y cosmopolita, trazó un paralelismo con la madrileña “Costa Fleming”, bautizada así por el escritor y periodista Raúl del Pozo, al ser preguntado por su lugar de veraneo. Producto ésta del desarrollo de una zona de diversión nocturna en el Madrid de los años 60, situada en los alrededores de la Calle Fleming, perpendicular al trazado de lo que sería el Paseo de la Castellana, a la altura de la Plaza de Cuzco. Donde los militares americanos de la base de Torrejón acudían para disfrutar de un american way of live autóctono, junto a los más crápulas de entre los madrileños. (…) (Extracto)

(…)

Concierto de Rock: una aventura ruinosa

(…) Sobre las 8 de la tarde, la explanada de acceso al Hornillo estaba a rebosar, cientos de personas, decenas de Guardias Civiles, y un ambiente aromatizado…. que lo impregnaba todo. La taquilla echaba fuego. Más tarde llegarían los autobuses con desigual éxito de aportación de público. A las 20.30 h. abrimos las puertas. Una avalancha humana puso a prueba a “los Latas”, pero la dominaron con coraje. Estaban curtidos en estas lides, en la puerta de los bailes veraniegos de la piscina y en la disco Géminis. Storm comenzó a rasgar
sus guitarras relativamente pronto, sobre las 22 h., y el ambiente se electrizó, pero inexplicablemente aún quedaba mucha gente en la calle
. (…) (Extracto)

Christine

(…) Pero el sol ya se iba escondiendo, detrás de la montaña que separa Calella de San Pol de Mar, y Christine seguía allí sentada, leyendo un libro. Parecería que me leía el pensamiento y estaba esperando a que me decidiese de una vez. Me armé de todo el valor que pude reunir, que no era mucho, por cierto. Me acerqué abruptamente a su mesa y le espeté que iba a terminar pronto mi jornada de trabajo y que me gustaría mucho invitarla a tomar algo después. Con toda la naturalidad del mundo me dijo que sí, que de acuerdo, pero que primero tenía que ir a su hotel a ducharse y cambiarse. Quedamos en el Paseo frente al chiringuito, en un par de horas, y se marchó de inmediato. Allí quedé yo, con las piernas temblorosas, el pecho hinchado, y una sensación de poderío como muy pocas veces he sentido. Todo había transcurrido
tan rápido, mejor dicho se habían precipitado los acontecimientos, porque en realidad solo habían pasado tres o cuatro días desde que apareció en el Lamborghini rojo, con el fofisano, pero a mí me habían parecido semanas. (…)
(Extracto)

Capítulo 6. Mercados, Comercio, Feria y Semana Santa

El domingo de toros

(…) En el tercio de muerte, el torero deja el capote y coge la muleta. Esta parte de la lidia es definitiva, es decir, aquí el torero ha de mostrar su arte, dominar con el “engaño” –otro nombre de la muleta– al astado, ejecutar los pases más arriesgados y vistosos, incluidos el “de pecho”, el “natural”, y el “de espalda” para, finalmente, “poner en suerte” al animal y “entrar a matar” con el estoque. Si la faena en este tercio transcurre por los cauces canónicos establecidos, el diestro será recompensado por el público mediante aplausos, vítores, y pañuelos al aire, y por el presidente del festejo mediante los llamados trofeos, a saber, una o dos orejas y, en su caso, también el rabo. (…) (Extracto)

Capítulo 10. El campo de Huércal y sus pedanías

Overa

(…) Empezaremos nuestro recorrido, obligatoriamente, por lo que llamamos “Overa”, un diseminado poblacional, que para sorpresa de muchos, no existe como núcleo urbano. En realidad, es una denominación que engloba varias aldeas independientes, que, además de un pasado histórico común, comparten un sentimiento de pertenencia, una forma de ser y, sobre todo, un territorio en la vega de los márgenes del río Almanzora, antes de encajarse entre las sierras de Almagro, a su izquierda, y de la Ballabona, a su derecha. (…) (Extracto).

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